Posteado por: jonkysit | 14 noviembre, 2007

Otro al hoyo.

Empecé a leer el Economist hace años en la sala de revistas de la facultad. Es una revista que me gusta mucho y con la que suelo estar de acuerdo. Incluso cuando defienden una postura equivocada (como en el caso de la propiedad intelectual) me gusta leer sus artículos porque argumentan, algo que tristemente escasea en los medios en general, y particularmente en los españoles.

Tiene una sección en concreto que procuro leer todas las semanas: el obituario.  Recuerdo especialmente a dos personas que se homenajeó en aquella sección.  La primera era una señora japonesa que se hizo famosa siendo una niña, cuando aún había castas en aquel país y ella pertenecía a la de los intocables (la más baja).  Un día a aquella niña le tocó entrar en el servicio de la corte, y se vió vaciando el cagadero del emperador.  Y entonces la niña reflexionó: pero entonces, si el emperador caga, es por que come; y si come es susceptible al hambre, y puede morir; y por lo tanto no es un dios.  Aquella reflexión, como cualquiera se puede imaginar, la metió en un lío cojonudo.

Hubo otra muy buena de un americano a quien se contrató para apagar los incendios que Sadam causó en los pozos petrolíferos de Kwait cuando invadió el país.  Resulta que el americano era según todas las referencias el mejor del mundo en lo suyo.  Y era también un tío conflictivo por lo que allí contaban.  Tras mucho negociar el gobierno kwaití le hizo una concesión especial al dejarle meter en el país wisky para consumo propio.  Lo que no admitió el gobierno fue su plan de soltar cerdos por los campos de petróleo para que, si había minas, las hicieran explotar.  Lo de los cerdos a los kwaitíes les pareció demasiado…

Pues en la necrológica de esta semana traen a otro personaje pintoresco.  A un buen hijo de puta, qué coño, que hablamos de un tal Khun Sa, rey del opio en Burma.  Tras un ascenso meteórico en el comercio de heroína, consolidando la “industria” en su país, empezó a tener problemas con los Estados Unidos, que presionaban a su gobierno para que le parase los pies.  Él por su parte se presentaba a sí mismo como un luchador por los pobres y defensor de los débiles, lo de siempre.  Y aquí es donde llega la parte que me gustó del artículo:

En 1977 ofreció a los americanos toda su cosecha de opio: compradlo, les desafió, sacadlo del mercado y dadme el dinero para mi gente.  En vez de eso, los americanos le demandaron.

Al final el tío se retiró a tiempo entregando sus armas y su ejército al gobierno de su país, y se fue a su casa a vivir con sus cuatro mujeres.  Uno de esos hijos de puta que secuestraba a niños y los alistaba en su ejército personal, pero el toque de hacer retratarse a los americanos me encantó.

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