Posteado por: jonkysit | 20 julio, 2007

Pyongyang

Más que en la categoría “Lecturas en curso”, esto debería estar en “Lecturas fugaces”.  Ha sido un cómic que me picaba desde que hace un par de meses me lo crucé por primera vez en una librería, y me lo he leído en dos sesiones.Pyongyang

Lo escribe (y dibuja) un canadiense quecuenta su estancia de dos meses en la ciudad trabajando para unos estudios de animación.

Yo ya había oído historias del país, y del loco que lo gobierna, quien según la doctrina oficial es el mejor director de cine dela historia, el mejor compositor de ópera, y no recuerdo qué otras lindezas.  Pero lo que describe el cómic es lo que el autor ha podido ver del día a día de la gente más o menos normal con la que llega a mantener algún trato.

Es un grado de control sobre las personas que resulta difícil de imaginar desde fuera.  Por ejemplo es obligatorio llevar en todo momento un pin en concreto en el pecho.  Todas las casas y todas las oficinas deben tener un retrato del presidente, y la pared de la que cuelga no puede tener nada más.  La música que suena en la radio es siempre sobre alabanzas constantes al presidente.  En fin, todo lindezas.  Pero lo que me parece que me resultaría más agobiante es la absoluta planificación de cada minuto de la vida de la gente.

Parece que llegó a Korea aquello de que el ocio es la madre del vicio, y hay que ver lo bien que lo entendieron.  Escudándose en el eufemismo de los “voluntarios”, resulta que cuando una persona no está trabajando, está desempeñando algún voluntariado a mayor gloria de la revolución, incluídos interminables desfiles y exhibiciones patrióticas para celebrar los aniversarios de cualquier cosa que le pueda parecer bien al presidente.

Y claro, para más inri, todo el mundo constantemente como si estuvieran en una entrevista de trabajo: siempre positivos, sin llevar la contraria ni remotamente, y dispuestos a defender lo indefendible.  Se estima que la mitad de la población delató a otro en algún momento de su vida.

En fin, un gran cómic.  Detalle impagable cuando su traductor (puesto por el gobierno) le pide algo para leer y el tío le da el 1984 de  George Orwell.

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