Posteado por: jonkysit | 22 marzo, 2007

Putas en la General Motors.

Me parece que va a ser un recurso más o menos habitual esto de traer estractos de libros que esté leyendo. Sobre todo si los libros son tan impresionantes como el que me estoy leyendo ahora. Resulta que en 1943 invitaron a Peter Drucker a estudiar la organización interna de la General Motors, y en el libro cuenta una historia de la que fue testigo. 1943, no nos olvidemos, en plena segunda guerra mundial. Cadillac, una de las divisiones de la General Motors, estaba dirigida por Nick Dreystadt, un personaje peculiar y de ideas claras al que no le gustaba hablar de gente sino de personas.

Así las cosas, surge un contrato de defensa del que se le recomienda mantenerse alejado porque requería personal altamente cualificado en las líneas de montaje. Un personal que en plena guerra simplemente no estaba disponible, pero Dreystadt argumentó que Alguien tiene que hacerlo, y si Cadillac no puede, ¿quién va a poder?, así que se presentó al concurso y ganó el contrato. Y sigue el libro:

La única mano de obra disponible en Detroit eran prostitutas retiradas negras. Para horror de todo el mundo, Nick Dreystadt contrató a casi 2000. “Pero contratad tamnién a sus madams“, dijo. “Ellas saben cómo gestionar a las mujeres.” Muy pocas de aquellas mujeres sabían leer y el trabajo requería seguir largas instrucciones. “No tenemos tiempo para enseñarles a leer,” dijo Nick, “y de todas formas, pocas aprenderían.” Así que se fué a la línea de montaje y él mismo montó una docena de las [piezas que no sé traducir]. Cuando supo cómo se hacía, puso a una cámara de cine a rodar una película del proceso. Montó las imágenes de la película separadamente en un proyector y las sincronizó con un diagrama de flujo en el que una luz roja se encendía para mostrar a la operadora qué es lo que ya había hecho, una luz verde para lo que había que hacer a continuación, y una luz amarilla para señalar las cosas que comprobar antes del siguiente paso.

(…)

En pocas semanas estas analfabetas sin preparación estaban produciendo más y mejor que operarios cualificados habían hecho con anterioridad. Por todo General Motors, incluso Detroit, el distrito rojo de Cadillac provocó comentarios despectivos en abundancia. Pero rápidamente Dreystadt lo detuvo. “Estas mujeres,” dijo, “son mis compañeras trabajadoras y las vuestras. Hacen un buen trabajo y respetan su trabajo. Sea cual sea su pasado tienen derecho al mismo respeto que cualquiera de nuestros asociados.” El sindicato le pidió que prometiera que las mujeres se irían en cuanto se encontrasen reemplazos; la Automobile Workers Union [el sindicato] de aquellos días estaba liderada, especialmente a nivel local, mayoritariamente por hombres blancos fundamentalistas del sur, que no querían siquiera mujeres blancas como compañeras de trabajo, mucho menos prostitutas negras. Dreystadt sabía muy bien que tendría que despedir a la mayoría de las mujeres después de la guerra cuando los veteranos regresasen y reclamasen sus antiguos empleos. Pero aunque se le ridiculizase como un “amante de los negros” y un “putero”, trató duramente de conseguir un acuerdo con el sindicato para salvar alguno de los puestos que las mujeres desempeñaban. “Por primera vez en sus vidas,” dijo, “estas pobres miserables tienen una paga decente, trabajan en condiciones decentes, y tienen algunos derechos. Y por primera vez tienen alguna dignidad y respeto de sí mismas. Es nuestro deber salvarlas de ser rechazadas y despreciadas de nuevo.” Cuando la guerra terminó y hubo que despedir a las mujeres, muchas intentaron suicidarse y unas cuantas lo consiguieron. Nick Dreystadt se sentó en su despacho con la cabeza entre las manos, casi llorando. “Dios perdóname,” dijo, “les he fallado a estas pobres.”

Llevo unos días queriendo comentar esta o aquella historia del libro (las mejores las de la propia abuela de Drucker). Hoy al leer esto ya no me he podido resistir.  Habla en otro capítulo del libro de unos hermanos húngaros de lo más peculiar: uno emigró a Italia, hizo fortuna, y creó a Mussolini; otra fundó las bases teóricas de los que más tarde sería el colectivismo agrícola de la Yugoslavia de Tito; otro se fue a Brasil donde también intentó con cierto grado de éxito moldear la sociedad…  Y aún así dudo que nadie de los que lea este blog, ni sus conocidos, haya oído hablar jamás de los Polanyi.

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