Posteado por: jonkysit | 5 marzo, 2007

De los cerriles.

Acabo de leer esto, sobre algunas consecuencias de los musulmanes cerriles viviendo en países occidentales, y se ha sustanciado una incomodidad que llevo encima desde hace años. Por aquel entonces estaba yo en la universidad, en mi año de intercambio Erasmus, y trabajaba en un Burger King. Trabajaban conmigo gente de medio mundo: un indio de los de turbante al que le tuve que dar alguna colleja; Andrew Onerhime, que era un chaval de algún lugar del Caribe y de cuyo nombre me acuerdo Dios sabrá porqué; una pareja de maricones ingleses, Mathew y Stewart, que eran el escándalo del lugar (menuda loca estaba hecho Stew); y más al caso para lo que quiero contar, unos cuantos somalíes.

Los somalíes eran en general musulmanes de los de a veces. Es decir, decían creer en Dios, no comían cerdo… pero fumaban como carreteros y bebían si había qué beber. Pero había uno, muy ceremonioso él, que sí era más estricto. Este una vez, durante el Ramadán (din don), entró en el vestuario donde estaba yo cambiándome porque había terminado mi turno, me preguntó si me molestaba que rezase allí, y con mi aceptación empezó su coreografía murmurada. Aún no entiendo porqué lo hizo así cuando al lado había una habitación vacía, pero en fin. En otra ocasión, un sábado por la noche, estábamos los dos uno a cada lado de la mesa donde se hacen las hamburguesas, y noté que él cogía el bacon con pinzas. Como él estaba más liado que yo y aquel sistema no era especialmente rápido, empecé a colocar el bacon en sus hamburguesas, cogiéndolo evidentemente con las manos.

Pasado lo peor, y cuando la cosa estaba ya más calmada, por entretenerme un rato le afeé al chaval su conducta: “Eres un cabrón. Así que tú no tocas el bacon porque te vas al infieno, pero te parece bien que yo lo toque, ¿no? O sea que no te importa que yo me vaya al infierno…” Su respuesta, inesperada, me dejó frío: “Tú te vas a ir al infierno de todas maneras. Tú te lo comes.”

Desde su punto de vista, por supuesto, el chaval tenía razón. Está claro que para el que cree en ciertas ideas eso es así. Pero lo que me resultó lo suficientemente llamativo como para que casi diez años después siga acordándome, fue el desprecio con el que lo dijo. No sabría explicarlo, pero hubo una combinación de su tono de voz, su mirada, y su gesto de desprecio, que sólo le faltó escupirme a la cara.  No me sentí amenazado en absoluto, pero sí totalmente despreciado.

Desde entonces he pensado que lo que hace peligrosas a ciertas maneras de pensar, más que el loco suicida que cree que se va al paraíso, son las acciones que puede desencadenar ese desprecio mucho más común que la locura, ese considerar a los demás inferiores. La entrada a la que enlazo ahí arriba habla precisamente de una de esas acciones: habla de las violaciones en los países nórdicos, de las que estadísticamente los inmigrantes originarios de países musulmanes parecen ser responsables en una proporción sospechosamente alta. Incluye lo que se supone que es una cita de uno de esos cerriles, que no sé si será real o inventada, pero que por mi experiencia es un reflejo sospechosamente parecido de esa manera de pensar que denuncio aquí:

Violar a una joven sueca no está tan mal como violar a una joven árabe. La joven sueca recibe un montón de ayuda después, y probablemente haya sido follada con anterioridad de todos modos. Pero la joven árabe se mete en problemas con su familia. Para ella, ser violada es fuente de vergüenza. Es importante que ella conserve su virginidad hasta que se case.

Poco más se puede decir.  No voy a tirar del recurso fácil y apocalíptico de hablar de Alemania en 1933, y no lo voy a hacer porque no creo que sea necesario.  Creo que afirmaciones de ese tipo son suficientemente graves por sí mismas sin falta de adornarlas de precedentes ni consecuencias.   La cerrilidad, esa dolencia tan común en la política española, es capaz de adaptarse a todo tipo de obsesiones y nublar el juicio de cualquiera. ¡Cuidado!

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