Posteado por: jonkysit | 14 febrero, 2007

Una de museos.

Leo en El País que los vigilantes de un par de museos franceses se ponen en huelga para pedir más dinero. La excusa en este caso es el estrés que supone vigilar obras de la importancia de las que hay, por ejemplo, en el Louvre. Es desde luego una visión nueva de ese trabajo. Me acuerdo de echarme unas risas con un amigo que hace un tiempo me comentó que se estaba pensando poner una granja de caracoles, pero que lo que no le gustaba era el estrés que podía tener el negocio, todo el día persiguiendo a la carrera los caracoles fugitivos que no se resignarían a vivir en cautividad.

Esto es parecido. He visitado unos cuantos museos (reconozco que aún ninguno de los huelgantes) y no me pareceque los vigilantes tengan problemas de ese tipo. Puedo entender que es sin duda un trabajo de mucha responsabilidad, pero estrés lo que se dice estrés… no sé. En todo caso, no creo que el nivel de estrés haya cambiado últimamente, porque la Mona Lisa era tan importante hace cincuenta años como lo es ahora, pero por alguna razón ahora se dan cuenta y piden una prima. Pues vaya.

Finalmente, esta historia me recordó a mis visitas (dos hasta ahora) al Museo Británico. Es un museo realmente acojonante. Una colección egipcia tremenda y por supuesto los frisos del Partenón. Y una colección árabe bastante importante. Y el famoso dibujo del monte Fuji entre las olas, que me llamó la atención encontrar allí por lo inesperado. Éste, éste precisamente:

Great wave off Kanagawa

Personalmente de todo lo expuesto lo que más me gustó fueron los dos impresionantes leones asirios, y un tótem canadiense que estaba en el hueco de una escalera. Pero lo que más me llamó la atención de todo lo que vi no fue nada de lo que se exponía, sino la gente. En mi primera visita me sobresaltó el ruido de un señor japonés aporreando un sarcófago egipcio, de piedra, y cubierto por jeroglíficos. A leche limpia con el sarcófago, y la gente alrededor como si nada. Y el segurata, sentado a escasos diez o quince metros de él, como si nada. Y me empecé a fijar, y la gente se sentaba a los pies de los leones asirios como quien se sienta en una escalera; una cazadora de cuero en concreto, rozando todas las hebillas metálicas contra la piedra. Y nadie decía nada. En mi segunda visita el más impresentable de los visitantes del museo fué un italiano posando insistentemente sus manos, por encima del cristal que las trataba de proteger, sobre unas piedras cubiertas de una escritura extraña, tipo runas. Oye, ¡pero qué naturalidad!

Pues nada, los vigilantes de los museos franceses pueden hacer como los del British, y dejar que pase lo que tenga que pasar, que al fin y al cabo tampoco conviene estresarse.

Y mira, como el no haber reaccionado ante esa actitud de la gente es una espinita que tengo clavada, y aprovechando que en un par de semanas me bajo a Londres el fin de semana, me pasaré por el museo y a alguien le echo la bronca. Lo juro. Además me dará la excusa para otra entrada aquí.  Permanezcan atentos.

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